Vamos a imaginar a un alumno que nunca ha sido brillante. Sus notas, tradicionalmente, han oscilado entre el 4 y el 6, y ha ido malsacando la primaria hasta llegar a la secundaria.
Este alumno logra llegar al instituto y en segundo de la ESO se enfrenta a la adolescencia. Quedar con los amigos, tontear con la chica que le gusta o hacer unos primeros coqueteos con el alcohol comienzan a convertirse en sus prioridades, en detrimento de otras que, aunque él no lo ve, son mas importantes, como los estudios o la familia.
Pero es que es en este último lugar en donde se ha producido el mayor cambio en la vida del adolescente. Su padre lleva en paro todo el año y económicamente han tenido que apretarse el cinturón, privándose de casi todo lo que no sean productos de primera necesidad. Esto ha creado un ambiente tóxico en el hogar que ha culminado con la separación de sus padres.
De repente, este alumno ve como su mundo se derrumba y busca refugio en sus amigos.
Como profesor observamos una evolución negativa en el alumno. De pronto deja de acudir asiduamente a clase y sus notas pasan del aprobado raspón a no levantar del 2. Su actitud también ha cambiado, tornándose en ocasiones incluso violenta, con respuestas irrespetuosas, y salidas de tono constante.
Sin embargo, nuestra obligación como docente es tratar de encauzar ese alumno problemático, porque de lo contrario, este muchacho que, en esta fase de su vida está perdido, necesita apoyo y orientación y menos castigos. Debemos ser conscientes de que en este momento tan delicado de su vida, una mala actuación por nuestra parte puede tener resultados catastróficos para él que arrastrará siempre.
Totalmente de acuerdo con tu post. Los alumnos que más delicadeza necesitan son los problemáticos, ya que sus actitudes son algo que, en la mayoría de los casos, no eligen tener.
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