Mi nombre es Víctor y vivo en el año 2030. Desde la perspectiva que te da el tiempo, es fácil hacer una mirada retrospectiva para valorar el pasado, pero lo cierto es que llegar hasta aquí ha sido un camino largo y duro en el que no ha faltado de nada, incluida una pandemia y una crisis económica que sumió al mundo en la miseria. Como docente, me resulta imposible no plantearme como era la educación hace diez años, en aquellos difíciles años de la década de 2020. Lo que más me llama la atención es que las pizarras digitales, está tecnología obsoleta que empieza a ser reemplazada por hologramas tridimensionales, apenas estaban implementadas, existiendo en muchos centros aún las pizarras de tiza o, en el mejor de los casos, con rotuladores de colores. Los alumnos iban a clase con pesados libros o, los más afortunados, tablets, un invento que por su poca utilidad dejó de fabricarse hace unos años. Ni rastro había en las aulas de nuestras actuales gafas de realidad virtual, tan omnipr...
Vamos a imaginar a un alumno que nunca ha sido brillante. Sus notas, tradicionalmente, han oscilado entre el 4 y el 6, y ha ido malsacando la primaria hasta llegar a la secundaria. Este alumno logra llegar al instituto y en segundo de la ESO se enfrenta a la adolescencia. Quedar con los amigos, tontear con la chica que le gusta o hacer unos primeros coqueteos con el alcohol comienzan a convertirse en sus prioridades, en detrimento de otras que, aunque él no lo ve, son mas importantes, como los estudios o la familia. Pero es que es en este último lugar en donde se ha producido el mayor cambio en la vida del adolescente. Su padre lleva en paro todo el año y económicamente han tenido que apretarse el cinturón, privándose de casi todo lo que no sean productos de primera necesidad. Esto ha creado un ambiente tóxico en el hogar que ha culminado con la separación de sus padres. De repente, este alumno ve como su mundo se derrumba y busca refugio en sus amigos. Como profesor observamos un...